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Si una inteligencia artificial puede generar cualquier imagen imaginable en segundos, ¿por qué seguimos sintiendo la necesidad de salir a fotografiar el mundo?

  • 8 jun
  • 2 min de lectura

Imagen generada por IA

Hace unos días escuché una reflexión de la fotógrafa Cristina de Middel que me hizo pensar sobre la relación que estamos construyendo con las imágenes generadas por inteligencia artificial. Cuando escribimos unas palabras en una herramienta de inteligencia artificial y obtenemos una imagen, solemos llamarla fotografía o imagen. Sin embargo, quizá sería más preciso hablar de imagen sintética. No porque tenga menos valor, sino porque aquello que vemos no necesariamente ha existido nunca. No ha habido una cámara, una luz, una espera, un lugar o un instante. Lo que aparece es una representación construida a partir de millones de imágenes previas. La cuestión no es si estas imágenes son bonitas o útiles. Muchas lo son. La cuestión es qué estamos buscando cuando las generamos.


Resulta curioso que, teniendo la posibilidad de crear prácticamente cualquier cosa imaginable, muchas personas terminan produciendo imágenes muy parecidas: astronautas sobre caballos, globos aerostáticos en desiertos, ciudades futuristas, retratos perfectos con luces imposibles. La tecnología abre un campo infinito de posibilidades, pero a menudo nuestras decisiones recorren caminos sorprendentemente estrechos. Quizá porque la inteligencia artificial no solo genera imágenes. También genera convenciones. Nos muestra aquello que ya sabe que funciona, aquello que ha visto repetirse miles de veces. Y nosotros, sin darnos cuenta, terminamos reproduciendo los mismos imaginarios.


Esto me lleva a preguntarme ¿por qué seguimos sintiendo la necesidad de salir a fotografiar el mundo?¿dónde reside realmente el valor de una fotografía?


Durante mucho tiempo hemos pensado que el resultado era lo importante: la imagen final, el encuadre perfecto, la fotografía que se cuelga en una pared o se publica en una red social. Pero tal vez la fotografía siempre ha sido mucho más que eso.

La fotografía es caminar sin saber si encontraremos algo interesante. Es esperar la luz adecuada. Es equivocarse. Es volver otro día. Es hablar con una persona desconocida. Es descubrir un lugar. Es mirar con atención. Es dedicar tiempo a algo que podría no dar ningún resultado.

 La fotografía no es únicamente la imagen. Es el proceso.


Cuando una inteligencia artificial genera una imagen en segundos, obtenemos el resultado sin haber recorrido el camino. Y quizá por eso muchas veces sentimos una extraña satisfacción inmediata que desaparece con la misma rapidez con la que llegó.

No ocurre lo mismo cuando construimos algo nosotros mismos. Ya sea una fotografía, un dibujo, un texto o una canción. El valor no está únicamente en el objeto final, sino en todo lo que hemos vivido para llegar hasta él. Por eso no creo que la cuestión sea elegir entre fotografía o inteligencia artificial. La cuestión es preguntarnos qué esperamos de la creación.

Si buscamos una imagen, la inteligencia artificial puede producirla. Si buscamos una experiencia, una mirada propia o una forma de entender el mundo, entonces el camino sigue siendo tan importante como el destino. Y quizá ahí reside la diferencia entre generar imágenes y crear algo verdaderamente nuestro.


 
 
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