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Sumérgete en Getxophoto 2024: Tres Autores que No Puedes Perderte



Este año, Getxophoto se sumerge en el concepto del juego PLAY como una forma de expresión artística, interacción social y exploración cultural. Con una serie de exposiciones, que invitan a los visitantes a ver el mundo a través del lento lúdico de la fotografía.


El juego es central a la historia de la humanidad. No obstante, durante mucho tiempo se ha considerado una actividad sin importancia, una suerte de patio trasero de la cultura; se le ha confinado al mundo de la infancia o identificado solo a través de los juguetes. Sin embargo, jugar es una actividad compleja que se muestra bajo distintas apariencias. El deporte y las competiciones son juegos. También las apuestas y los juegos de azar. Y por supuesto todas las formas de entretenimiento, desde los videojuegos hasta las artes de la escena pues, en muchos idiomas, jugar significa también interpretar un personaje o tocar un instrumento. 


Por eso, ofrecer una definición única de juego es poco más que imposible. Algunos de ellos imponen muchas reglas mientras que otros dan paso al reino de la libertad total; unos son individuales y otros colectivos; algunos son pura diversión y otros tremendamente serios. Lo que está claro es que el juego es una práctica humana de primer orden, básica en el aprendizaje, presente en todos los ámbitos de la vida e inseparable de las artes. Cuando decimos play, por tanto, nos referimos a ese inmenso universo de activaciones y, en particular, a su impacto en el imaginario.


Tres autores que a mi parecer, destacan por sus perspectivas únicas y su habilidad para contar historias a través de la imagen:


Hayahisa Tomiyasu, conocido por su serie "TTP" (Tischtennisplatte), ha cautivado al mundo de la fotografía con su enfoque en lo cotidiano. En esta serie, Tomiyasu documenta una mesa de ping pong en Leipzig, mostrando cómo un objeto común se convierte en el centro de diversas actividades humanas, menos el de ser usada para jugar al ping pong. Durante cinco años, Hayahisa Tomiyasu registra de manera sistemática la vida alrededor de una mesa de ping-pong que ve desde la ventana de su residencia de estudiantes en Leipzig. El fotógrafo japonés se acerca así a la vida de su vecindario, cuyos miembros transforman este sencillo equipamiento deportivo en un espacio de encuentro.


Sus imágenes revelan la belleza y la complejidad de la vida diaria, ofreciendo una visión contemplativa y poética del mundo.




La fotógrafa brasileña Luisa Dörr ha ganado reconocimiento internacional por su capacidad para capturar la fuerza y la belleza de sus sujetos. En su serie "IMILLA", que significa muchacha joven, Dörr se enfoca en las mujeres indígenas de Bolivia, rompiendo estereotipos de genero y culturales, vestidas con las polleras  unas faldas coloridas y abultadas que habitualmente se asocian con las mujeres indígenas de la sierra de Bolivia. Se consideran un símbolo de singularidad cultural pero también de discriminación ya que en su origen fueron impuestas por las autoridades coloniales españolas en el siglo XVI. En la ciudad de Cochabamba, algunas mujeres jóvenes han empezado a utilizar estas prendas cuando salen juntas a patinar como un gesto de empoderamiento y rebeldía. En 2019, varias de ellas formaron el colectivo ImillaSkate cuyo nombre –imilla– remite a la palabra chicas en aymara y quechua, las dos lenguas más habladas en Bolivia, país donde la mayor parte de la población tiene raíces indígenas.

Armadas con sus patines y sus tradicionales polleras, las imillaskaters ocupan el espacio público, a menudo inseguro para ellas. Y lo hacen apoderándose, además, de un deporte urbano de origen gringo y característicamente masculino. Sus saltos, carreras y acrobacias son, según dicen ellas mismas, un grito a favor de la inclusión y un poderoso acto de resistencia.

A través de retratos íntimos y poderosos, Dörr celebra la identidad y la diversidad, ofreciendo una mirada profunda a las vidas y luchas de estas mujeres.




Originaria de Kiev, la artista ucraniana Spasi Sohrani inició hace tres años un proyecto fotográfico en colaboración con sus padres en el que invierte los términos habituales del juego de disfraces. “Empecé a diseñar estos trajes con materiales y objetos encontrados, inspirándome en los disfraces que ellos mismos me ponían a mí cuando era pequeña. Por eso no sonríen. Son como esos niños a quienes su madre coloca delante del árbol de Navidad, vestidos con una ropa especial, para hacerles una foto para el álbum de familia. Mientras la madre se eterniza buscando el mejor ángulo, la niña mira a cámara con el ceño fruncido porque se aburre y está incómoda así vestida. Solo quiere que acabe de una vez la dichosa sesión de fotos”.

Spai Sohrani nos demuestra que la fotografía puede ser divertida y vengativa.

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